cuentos
El Nacimiento Del Arcoíris
Hace mucho, mucho tiempo, en la silva habitaban unos pequeños animalitos qué provocaban la admiración de todos aquellos que tenían la suerte de poder verlos. Eran siete bellas mariposas, todas diferentes, pero cada una con sus alas pintadas de un color brillante y único.
Estas siete mariposas eran inseparables y cuando recorrían la selva parecían una nube de colores. Pero un día, una de ellas se hirió con una espina y ya no pudo volar con sus amigas. Las demás mariposas la rodearon, y pronto comprendieron que la herida era mortal. Volaron hasta él cielo para estar cerca de los dioses y, sin dudarlo, ofrecieron realizar cualquier sacrificio con tal de que la muerte de su amiga no las separara. Entonces una voz grave y profunda quebró el silencio de los cielos y les pregunto si estaban dispuestas a dar sus propias vidas para permanecer juntas, a lo que todos contestaron que sí.
En ese mismo instante fuetes vientos cruzaron los cielos, las nubes se volvieron negras, y la lluvia y los rayos formaron una tormenta como nunca se habían conocido. Un remolino envolvió a las siete mariposas y las elevo más allá de las nubes. Cuando todo se calmó y el sol se disponía a comenzar su trabajo para secar la tierra, una imponente curva luminosa cruzo el cielo, un arco que estaba pintado con los colores de las siete mariposas, y que brillaba gracias a las almas de estas siete amigas que no temieron a la muerte con tal de permanecer juntas.


Entre el Cielo y el Infierno.
Dice una antigua leyenda china que un discípulo pregunto a su maestro: “¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?”. Y el maestro le respondió: “es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven, te mostrare el infierno”.
Entonces entraron a un inmenso sitio donde un grupo de personas estaban sentadas alrededor de una gran olla con arroz. Todas estaban hambrientas y desesperadas. Cada una tenía una cuchara pegada fijamente en el brazo que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía el mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles.
Después de un rato volvió a hablar el maestro y le dijo a su discípulo: “ven, ahora te mostrare el cielo”. Y entraron a otro lugar, idéntico al primero: con la olla de arroz, una gran cantidad de gente y las mismas cucharas largas. Pero allí todos estaban felices y bien alimentados.
El discípulo le dijo a su maestro: “no comprendo. ¿Por qué están tan felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación se todo es lo mismo?”.
El maestro sonrió y dijo: “Ah… ¿no te has dado cuenta? Como las cucharas tienen los mangos muy largos, eso no les permite llevar la comida a su propia boca, pero aquí han aprendido a alimentarse unos a otros”.
El Tonto.
A la cantina de un pueblo llegaba todas las noches un muchachito. Casi no hablaba se quedaba por ahí jugando con unas piedritas de colores que siempre llevaba con él. Decían que venía de un pueblo cercano, y que le costaba entender hasta las cosas más fáciles. Cuando la cantina se llenaba, los clientes le hacían muchas bromas. Era la diversión de todos. El muchachito no se enojaba, y a veces también se reía con quienes se burlaban de él. El momento más divertido de la noche era cuando uno de los clientes le decía al muchachito que eligiera entre dos monedas. Una moneda era muy grande, pero era de un peso. La otra era pequeña, pero de cinco pesos. El muchachito siempre dudaba un poco antes de elegir. Se quedaba mirando fijamente las monedas, y en la cantina se hacía un gran silencio. Y al final, después de pensarlo mucho, siempre terminaba llevándose la moneda grande de un peso. Las carcajadas de los clientes resonaban en la cantina, mientras los hombres felicitaban al muchachito, y alguno le regalaba otra moneda. El muchachito se iba entonces de la cantina, siempre sonriendo.
A uno de los clientes le molestaban las burlas que le hacían al muchachito. Y un día se lo encontró llegando a la cantina y decidió hablarle.
¿No te das cuenta que todo el mundo se burla cuando te llevas la moneda que vale menos? La moneda más valiosa es la pequeña, no la grande.
Yo sé cuál es la moneda más valiosa contesto el muchachito, yo no soy tonto. Pero el día que me lleve la de cinco pesos, se terminara el juego. Que piensen que soy un tonto, y así me gano un peso cada noche.
El hombre no dijo nada más. Pero mientras el muchachito se alejaba, se quedó pensando. Pensó que en la vida hay algunos que parecen tontos, pero la verdad es que son bien vivos. Y hay otros, que se creen muy vivos, y son los verdaderos tontos.


El Águila y el Halcón.
Una vez llego hasta la casa de un anciano muy sabio una joven pareja. El muchacho era un hombre honrado y trabajador. Y la muchacha era una joven muy dulce y también muy trabajadora.
¾ Nos amamos empezó el joven.
¾ Y nos vamos a casar dijo ella.
¾ Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
¾ Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
¾ Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
¾ Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Nuestro Señor el día de la muerte.
¾ Por favor repitieron, ¿hay algo que podamos hacer?
El hombre los miro y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan deseosos esperando su palabra.
Hay algo dijo el anciano después de una larga pausa pero no se… es una tarea muy difícil y sacrificada.
¾ No importa dijeron los dos.
¾ Lo que sea ratificó el muchacho.
Bien dijo el hombre. Tú muchacha, ¿Ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Sí lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio. Y tu joven siguió el anciano, deberás escalar la montaña más alta que está en el sur, y cuando llegues a la sima, encontrar la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá tu novia…
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada. Ella hacia el norte, y el hacia el sur… El día establecido llegaron a la casa del anciano. Los dos jóvenes esperaban con sus bolsas de tela que contenían las aves que el hombre les había pedido.
El anciano les dijo que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y le enseñaron los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos, sin duda los mejores y más bellos.
¿Volaban alto? Pregunto el hombre. Sin duda ¿y ahora? , pregunto el joven, ¿Qué haremos con ellos? Y el anciano les dijo: tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… cuando las hallan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
La pareja soltó a los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero solo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos minutos después, molestas por estar atadas, las aves se arremetieron a picotazos entre si hasta lastimarse.
Este es el hechizo dijo el anciano. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no solo vivirán arrastrándose, si no que además, tarde o temprano, empezaran a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen justos pero jamás atados.

El Árbol de Guayaba.
El joven hijo de un rey tenía muy malas costumbres. Se había hecho de malas amistades. No quería hacer nada útil y se la pasaba de fiesta en fiesta. Trataba mal a todo el mundo, y sólo pensaba en divertirse. El rey decidió entonces pedir ayuda a un hombre muy sabio. Lo llevo a su palacio y le pidió que se hiciera cargo de educar a su hijo. Tal vez tú sepas como tratar a mi hijo, y puedas enseñarle algo que lo haga cambiar le dijo el rey al sabio.
Llamaron al muchacho, que llego mal vestido y oliendo a licor. El rey le dijo que a partir de ese día, el sabio se encargaría de educarlo. Al principio el muchacho no quiso saber nada, y el rey discutió un largo rato con él al final dijo el muchacho: Esta bien. Hare cualquier cosa que me pidan, pero solo una hora por día. Empecemos hoy mismo le dijo entonces el sabio. El muchacho acepto, y le pregunto al sabio que iban a estudiar.
No voy a molestarte con estudios aburridos le respondió el sabio, solo vamos a caminar por el bosque. El muchacho siguió al sabio hacia el bosque. Después de caminar un poco, el sabio le pidió al muchacho le arrancara del suelo una matita. Como había aceptado hacer lo que le dijeran, el muchacho arranco la matita y la sostuvo entre sus dedos.
Ahora arranca aquella otra le pidió el sabio señalando una planta un poco más grande. El muchacho, que ya se preguntaba de que se trataba aquel juego, le obedeció. Ahora trata de arrancar aquel arbusto le pidió entonces el sabio señalando una mata como de un metro de alto. El muchacho le obedeció, pero arrancar el arbusto le costó bastante trabajo. Entonces el sabio le pidió que arrancara un árbol de guayaba. Por más que trato y trato, el muchacho no pudo arrancarlo. Entonces le dijo el sabio: Igual pasa con los vicios. Cuando son muy jóvenes, los podemos dejar fácilmente. Pero con el tiempo, ya cuesta mucho más arrancarlos. Dicen que desde ese día, el muchacho se hizo mucho más responsable.

